Ya esta amaneciendo. Lo se porque puedo escuchar el sonido que hacen los arboles al desteñirse los colores de la madrugada. Mis versos son como sanguijuelas que en horas lúgubres se alimentan de la ciudad, cayendo muertas, escurriéndose por las paredes tras haberse saciado. Al final, serán cadáveres malditos que nadie sabrá ver, infectando esta primavera. Antes que el alba rompa el silencio, uno a uno mis fantasmas regresan de su cacería. Cuando se desprenden de mi son como lobos solitarios que persiguen lunas amarillas, o verdes. Algunos traen sus presas colgando de sus afilados dientes, otros traen entre sus garras restos de algo que alguna vez fue; en cambio solo unos pocos traen en el rabillo de sus ojos mas nada para acumular, y el rojo vino de la sangre acentúa sus rasgos. Mientras paso lista, en tu parte del mundo las almas apenas inician los preparativos para tu medianoche mágica. La diferencia entre las horas no significa nada para ellas. Atraviesan los espacios y el tiempo como si todo fuese una sola cosa. Son el nexo entre estaciones, conjuran al frio de aquel otoño que invita a dormir al desierto, son el silencio cuando ya no quedan mas medios. En esa madrugada tan tuya dan la señal: este es el inicio para la creación. De tu aura se desprenden miles de ojos divinos –como los tuyos: profundos, expresivos, brillantes- que van a explorar la ciudad para descubrir secretos, para encontrar tesoros, descifrar enigmas; buscan percibir todo cuanto puedan, paisajes, instantes, hasta logran adivinar las descripciones de otras tierras que esta voz ya no puede darte. Esos ojos son tus arlequines o celosos guardianes, que liberan lunas despejando el cielo, para que su luz combinada impregne de magia tu blanco canvas desnudo que espera ansioso la primer pincelada, expuesto al deseo del roce de tus dedos, la mirada fija en el centro, un corazón abierto, tu piel manchada de fuego. Quizás esa sea la razón por la que esos ojos divinos se esconden en tus cuadros, para sumergirse en la esencia de quien los mira, aunque no sean fáciles de advertir a simple vista. Recuerdo una vez haber visto barcos surcando mares de iris, camino a una tierra lejana, quizás una isla cristalina de fragancias. Había aves vigilando abismos de pupilas y, ocultos en los parpados, manuscritos ardiendo en un torrente de pestañas. En ocasiones las diferencias son tan marcadas, que ni fantasmas o almas entienden. El tiempo es tirano para los mortales, y la distancia su arma de doble filo. De un lado hay un sol que le da vida a rebosantes arboles de frutos rojos, del otro hay una luna que abriga arboles harapientos que le ofrendan sus ultimas flores azules. Pero en algún punto ambos lados se confunden, como los sueños que tuvimos una vez: labios que se muerden en la oscuridad, exhalaciones acompasadas, fuentes carmesí de lenguas que se funden, saliva como el mas dulce elixir del Erebo cayendo sobre la piel, manos rozando contornos, figuras, formas de la mas perfecta imperfección, cuerpos y voces creando sonidos y lenguajes fuera de este mundo… Hay algo esencial que nada ni nadie me podrá quitar, por eso lo único que puedo hacer ahora, es enviar a que mis fantasmas busquen alguno de tus ojos divinos, que se encuentren y te hagan llegar los versos que te escribo. Porque ahora que no tengo tu voz, ni tu silencio, ni tu risa, tampoco tu valentía, ni los colores de tu paleta o las recetas de tus melodías…solo soy una sombra, una simple representación de mi mismo, esperando con los ojos y brazos abiertos, cada tormenta que soplan hacia acá los vientos del norte.