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“Somos nuestra memoria,
somos ese quimérico museo de formas inconstantes,
ese montón de espejos rotos.”
(Jorge Luis Borges)

Al intentar definir la memoria, nos encontramos casi con los mismos problemas cuando intentamos definir que es la poesía, la literatura, el amor, lo fantástico, dios, entre otros. La memoria es una maquinaria tan compleja –un poco mágica, pero sobre todo misteriosa- que no sería suficiente que quedara reducida a meras palabras. Si recurrimos al diccionario, según la RAE, memoria seria lo siguiente: “Facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado”. SI leemos cualquier tratado de psicología quizás no de otra definición, además de sus leyes y sus mecanismos de funcionamiento; en otro tipo de tratados, como el científico, quizá obtengamos hasta compuestos químicos que afecten las partes del cerebro concernientes a ella.

Hay muchos umbrales frente a los cuales la ciencia se detiene, la memoria es uno de ellos, y me permito seguir parafraseando a Cortázar al decir que es esa memoria la que nos define como hombres, puesto que sin ella seriamos cualquier otra cosa, como una planta, una roca, aire o agua.

La palabra memoria viene del latín memorĭa. Esta palabra está formada a partir del adjetivo memor (el que recuerda) y del sufijo –ia usado para crear sustantivos abstractos. Esto también dio origen al verbo memorare (recordar, almacenar en la mente). Si pensamos en la memoria como un “lugar” donde podemos almacenar información, también debemos pensar en el “vehículo” por el cual podemos acceder a ella, el medio por el que traemos “cosas” al presente. De eso se encargaría la acción de recordar. Este verbo viene del latín recordāri, formado de re (de nuevo) y cordis (corazón). Por eso cuando recordamos algo o a alguien lo que hacemos es “volver a pasarlo por el corazón”.

¿Hay algún error aquí? ¿Por qué hablamos de corazón y no de cerebro? Esto es porque precisamente, en la antigüedad, los romanos creían que en el corazón no se situaba el sentimiento, sino que era el asentamiento físico de la mente, el pensamiento y de lo que podríamos llamar el cerebro. La mente no estaba en la cabeza sino en el pecho.

Frente lo recién planteado, automáticamente pienso en la acumulación de la experiencia, Aristóteles decía: “Gracias a la memoria se da en los hombres lo que se llama experiencia”. Walter Benjamin dice algo muy interesante respecto a eso. El habla de un proceso de asimilación que ocurre en las profundidades (de la mente) y del que se requiere cierto grado de distención; cuanto más olvidado este uno de sí mismo –en este caso, el que acumula- más fácilmente se impregnara esta experiencia en lo profundo de la memoria. No sería para nada absurdo decir entonces que, tenemos el máximo de memoria para lo que nos interesa y el mínimo para lo que no nos interesa.

Algo tan rudimentario como máximo o mínimo tampoco nos alcanza para definir siquiera una parte de esta maquinaria tan compleja. Lo que almacenamos en la memoria no tiene que ver exclusivamente con aquello que más nos interesa, por el contrario, hay una doble apuesta. ¿De qué se trata esto? Pues, tenemos una memoria doble; por llamarlo de alguna manera, tenemos una memoria activa, que es de la que nos servimos en cualquier circunstancia practica y otra pasiva, que nos entrega lo que quiere y sobre la cual no tenemos ninguna clase de control.

Jorge Luis Borges escribió un cuento que se llama “Funes El Memorioso”. Este es un cuento fantástico, pero en el sentido de que el personaje Funes es un hombre que tiene una memoria que no ha olvidado nada, mejor dicho, que no puede olvidar. Funes podía no solo recordar cada hoja de cada árbol de cada monte, sino también cada voz que había percibido o imaginado. La acumulación de todas las experiencias y todas las sensaciones en la vida de este hombre estaban presentes en su memoria.

Ahora bien, para dar un ejemplo claro, si intentamos pensar en la dirección de nuestra casa, nuestro número de documento o de teléfono, etc. La memoria activa nos brinda esos datos, simplemente porque esta información no la hemos olvidado. Podríamos decir que hemos tenido un contacto constante con ella. Por el contrario, si nos preguntaran como es la melodía del nocturno en Fa sostenido menor de Chopin, a menos de ser músico profesional la respuesta es más que evidente: ninguno de nosotros podrá tararear esa pieza. Pero si somos conocedores de la obra de Chopin y nos gusta, no bastara más que pongan el disco y cuando comience a sonar esa pieza, nuestra memoria continuara la melodía.

No hay dudas que la mente humana es uno de los más grandes misterios de la humanidad y, ciertamente, todo aquello que la ciencia y la razón no pueden explicar, tiene que tener alguna cualidad mágica, algún rasgo fantástico. Está claro el hecho de que la memoria no funciona solamente en grados de atención o calidad de gustos; a estar expuestos a lo repetitivo que pueda llegar a ser un hecho, un objeto o cualquier otra cosa, o a sensaciones y experiencias vividas. Incluso, la memoria, parecería tener una “conciencia” propia, ya que a veces evocamos recuerdos contra nuestra voluntad.

“Rayuela” de Julio Cortázar, es una de las tantas obras argentinas e hispanoamericanas que desarrollan el tema de la memoria. Oliveira y otros personajes recuerdan muchas veces el pasado. Algunas veces el protagonista evoca conscientemente parte de su vida, pero por lo general lo hace de manera involuntaria. La obra de Cortázar está influenciada por la memoria proustiana, salvo por algunas diferencias. Por ejemplo, en “En Busca Del Tiempo Perdido” se evoca el pasado sin deformación, en cambio en “Rayuela” el protagonista no solo recuerda su pasado, sino que este cambia a causa de su presente.

El protagonista de Rayuela sufre los efectos de la memoria involuntaria frente a diferentes hechos y circunstancias. Por ejemplo, cuando está en la pieza de la Maga en París y la confunde con la casa de Burzaco en Argentina; las sensaciones se evocan con tanta nitidez que confunde la realidad. A diferencia del protagonista Proustiano, Oliveira rechaza sus experiencias con la memoria involuntaria, dado que no quiere vivir en el pasado sino en el presente. Oliveira sufre experiencias físicas y visuales en este presente, como sentir el frio de una heladera, ver la silueta de una mujer o una niña jugando en el patio, y automáticamente se disparan recuerdos del pasado relacionados con esos hechos. Una sensación del presente trae otra sensación idéntica del pasado.

Me permito nuevamente mencionar a Borges porque escribió una obra donde podemos encontrar otro excelente desarrollo sobre el tema de la memoria. Esta obra se llama “Las Memorias De Shakespeare”.  El protagonista, Hermann Soergel –es decir, el mismo Borges- que al parecer es un investigador de la obra de este escritor inglés, recibe de Daniel Thorpe las memorias de una manera muy particular. Thorpe primero le explica como recibe las memorias y cuáles son las condiciones para que se lleve a cabo. Estas condiciones son simples, se ofrece en voz alta y el otro debe aceptar. Cuando Borges le pregunta si tiene las memorias, Thorpe le dice que sí, que aun tiene dos memorias, la propia y la del autor (en ese momento dice que el mismo es parcialmente Shakespeare). Lo que después agrega es que, en realidad, las dos memorias lo tienen a él, pero que en un punto las dos se confunden entre sí. Cuando Borges acepta la memoria siente que le sucedió algo, tiene una sensación de fatiga que cree imaginar.

Lo particular del hecho es lo siguiente. Thorpe le dice que la memoria ya había entrado en su conciencia pero había que descubrirla; surgiría en los sueños, la vigilia, a leer un libro, al doblar en una esquina, al hacer cualquier actividad. Mientras Thorpe vaya olvidando Borges iría recordando. Borges pensó que las memorias serian sobre todo visuales, pero no. Es así como se encuentra afeitándose y pronunciando palabras desconocidas que lo extrañaron pero que eran de él; al salir de un museo se encontró silbando una melodía que no había escuchando nunca. En un momento comienza a hablar con cierto acento del siglo XVI, y una mañana no distingue que las grandes formas de hierro de madera y de cristal que lo rodeaban, eran en realidad una estación de tren. Su propia realidad no se distingue con la de Shakespeare. Hacia el final de la obra, comienza a agobiarse al cargar con dos memorias. “La identidad personal se basa en la memoria” es una de sus conclusiones finales.

La memoria es algo que aun no podemos explicar en profundidad ni definir con exactitud. Si bien conocemos algunos aspectos y factores que conjuntamente actúan e interceden por ella, la memoria es todo aquello que dejamos afuera de cualquier razonamiento. Existen ciertos umbrales que la humanidad no podrá iluminar nunca, y hay muchos misterios que no deberían develarse. La memoria, pues, sigue ese camino.